En el Centro de Documentación “Juan Carlos Garat” ,del Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación (Cispren), se realizó la entrega de premios y menciones de la novena edición del Premio Sin Presiones que organiza el Instituto de Salud laboral y Medio Ambiente (Islyma-CTA). Fue el martes 31 de julio.

Por Redacción

El concurso de expresión escrita comenzó en 2010. En esta ocasión se organizó con el Instituto de Salud y Seguridad de los Trabajadores/as (ISST) de ATE. Silvia Belga, integrante de la  Comisión Directiva del ISLyMA, coordina el concurso. Los trabajos narran vivencias únicas ocurridas desde que salen hasta que vuelven de sus lugares de trabajo. Y lo que ocurre mientras realizan sus tareas. Se abordan temáticas que revelan malas condiciones de ambiente y salud de los trabajadores que podrían provocar enfermedades y muerte. Año tras año se reciben numerosos trabajos que dan cuenta de diferentes experiencias. El jurado estuvo a cargo de Teresa Amatta (ISST-ATE), Jorge Yabkowski (Médico, miembro de la Mesa Ejecutiva Nacional de CTA-A) y María Dolores Bertarelli (ISLyMA).

Silvia belga

Silvia Belga y el Jurado

Aquí, se publican los tres primeros premios.

 LOS PREMIOS

Primer Premio del 9º Concurso “Sin Presiones”

Título: “PRIMERA HORA”

Primer Premio Taconás

Primer Premio

 

Por Miguel Toconás *

Terminaba junio y sentía en el aire la soledad de los desamparados.

Tenía el privilegio de una ducha caliente para cortar el sueño que no me dejaba comenzar la rutina. Una taza de café y tostadas de ayer acompañaban mi lento despertar.

Ya transcurría el día veinticinco y mis ahorros no alcanzaban ni para el colectivo de ida al trabajo, había entrado en un círculo vicioso de realizar reemplazos en los hospitales del estado y cobrar dentro de quien sabe cuándo.

Por ese entonces vivía en casa de mis padres y para llegar al Hospital de Niños debía caminar una hora y cuarto. Me despertaba tipo cuatro y media de la madrugada para poder llegar a las seis menos diez aproximadamente.

El frío secaba mi rostro y los zapatos medio gastados no estaban hechos para semejante caminata, odié el clima, odié el invierno, y a cada uno de los colectivos que pasaban como burlándose de mi pobreza.

Llegaba al Hospital y comenzaba a preparar el material para los niños que ya estaban esperando para la consulta de hematología, entonces, ellos madrugaron más que yo – pensé.

Mi humor estaba como el tiempo, mal, pero los niños te cambian la vida en un segundo.

Soledad Medina tenía una sonrisa enorme, dientes grandes como de conejo y unos ojos de muñeca. No podía ver su belleza porque tenía el rostro hinchado por la quimioterapia, un pañuelo gris cubría su vergüenza y las manos lastimadas permanecían cerca de su boca.

Ella y su madre venían de Ledesma que queda a dos horas de viaje hasta llegar a Jujuy capital, por supuesto que debieron tomar el último colectivo de la noche y dormir en la terminal para llegar siempre a primera hora.

Habíamos encontrado un punto en común ya que desde que había entrado a ese servicio decoré con dibujos para que se sintieran a gusto y no sea tan “hospital”. A ella también le gustaba dibujar y siempre me traía cosas nuevas. Fue la decoración más hermosa de toda mi vida.

Por alguna razón debía estar allí para recibir a esos niños y darles lo mejor de mi trabajo, punzar esas manitos era tan difícil y duro que te hace replantear tu profesión. Los niños me eligieron y no dejaban que otro los tocase.

Una punción con lanceta en el pulpejo del dedo para una extracción de sangre en tubos capilares, frotis sanguíneos en portaobjetos para las coloraciones y la medición de la hemoglobina en un hemoglobinómetro.

El tiempo pasaba, pero ¿qué es el tiempo para todos nosotros que lo malgastamos en mirar televisión o simplemente dormir?; en cambio para estos niños el tiempo era precioso y solo podían usarlo para soñar y escuchar promesas de sus padres.

Soledad estaba quieta acurrucada en la falda de su madre esperando la próxima dosis de quimioterapia.

Mi juventud no permitía darme cuenta de lo que estaba viviendo, poco a poco descubrí el dolor de las personas y no me refiero al dolor físico sino al que provoca la desidia, la injusticia y la maldita contaminación ambiental.

Luego de la consulta con la doctora, pasaron a sala pues quedaron internadas.

No podía entender como esa madre soltera lograba soportar y reponerse para atender a su hija. La conocía desde abril y no hablaba mucho, todo lo que sabía era por su hija.

Sus defensas estaban bajas y muy anémica por lo que le indicaron una transfusión de glóbulos rojos y seis unidades de plaquetas.

Mientras su mamá fue a la capilla del hospital como siempre, me quedé cuidando que pasara la sangre.

¿Tienes miedo? – me preguntó Soledad.

Con tan solo nueve años descubrió el dolor y ganó una fortaleza increíble, siendo ella quien consolaba a su madre.

Me contó que su mamá trabajaba en una finca tabacalera y que le pagaban muy poco, a veces cuando no terminaba recibía mucho menos, por eso ella debía ayudar. Su tarea era recoger las hojas de tabaco y ponerlas a secar en los hornos.

La gente pudo haber prejuzgado a su madre por hacerla trabajar pero ignoraban que si no lo hacía no tendrían para comer. Pero nadie hacía nada por todos los niños que trabajaban en las plantaciones de tabaco exponiéndose a los agroquímicos con terribles consecuencias.

En una charla con la doctora me dijo que los casos de leucemia estaban aumentando y más en esa zona, cree que el contacto reiterado con este tipo de sustancias altera su nivel inmunológico y coincide con la aparición de leucemias.

La medicación la durmió y sin querer quedó sujetándome la chaqueta. Miraba sus manos maltratadas por el trabajo y ahora por los pinchazos. No encuentro explicación a tanta injusticia, por qué un niño debía trabajar para poder comer y por qué una madre entraba en un juego pernicioso del trabajo en negro. Vi que mi mala suerte no significaba nada para estas personas, puesto que mi salud no corría peligro. Simplemente lloré por haber sido tan desagradecido y quejarme por el viento, el frio, y los colectivos que no podía tomar.

Soledad me enseñó que no puedo quejarme de lo maravilloso de la vida.

Sí, tengo miedo – respondí a la pregunta que me hizo anteriormente con voz suave para no interrumpir su sueño.

Esa misma noche Soledad partió.

*Trabajador de la Salud, ciudad de Córdoba

El Jurado expresó:

“Emocionante relato de la cotidianeidad en los hospitales públicos, la injusta distribución de la riqueza, la crueldad de los agrotóxicos en la salud de les niñez y jóvenes, el miedo -más que a la vida- a tanta injusticia. Es Un relato sencillo conserva la fuerza en el planteo y el remate. Dialoga con mucha claridad entre su propio trabajo de enfermería con el trabajo de la madre de la paciente y la propia paciente. Trabajo infantil, contaminación por agrotóxicos, precarización laboral son descriptas con palabras simples y contundentes. Primera Hora es una historia y tiene un final impecable.”

Segundo Premio del 9º Concurso “Sin Presiones”

Título: “CRONICA DEL OLVIDO”

2º Premio Palladino

Segundo Premio

Por Walter Guillermo Palladino*

Conocí a María una fría mañana de junio del ‘93. En la sala de espera de un pequeño hospital enclavado en plena meseta patagónica, ella aguardaba su turno conmigo. Yo tenía tan solo 27 años y en el breve tiempo que llevaba ejerciendo, la poca experiencia se compensaba con el impulso de mi juventud y con el entusiasmo de trabajar en esta apasionante profesión de psicólogo. María en cambio tenía la experiencia y la sapiencia de sus 52 años de edad y sus casi 30 años de ejercer la docencia como maestra rural. Había cosas en común que atravesaban su humanidad y la mía y promovían en el encuentro terapéutico una empatía que me ayudó a comprender su realidad y sus circunstancias. Teníamos algo en común: nuestra procedencia, ya que ambos éramos cordobeses. Además, nuestro destino: aquel pueblito árido y ventoso alejado de los grandes centros de poder, de las grandes urbes, al cual habíamos llegado (ella casi tres décadas antes que yo) para desarrollar nuestras vocaciones. Y compartíamos la convicción de que ese -como tantos otros lugares recónditos de este extenso país- era un territorio donde, más que en otros, las personas con sus diversas profesiones u oficios eran necesarias, por no decir imprescindibles.

Ella y su esposo se habían radicado en este pueblo de 5000 habitantes veintinueve años atrás, exactamente un 18 de febrero de 1964. Ambos eran maestros, jóvenes e idealistas impulsados por el sueño de un lugar tranquilo donde criar a los hijos (aunque nunca pudieron ser padres), por llevar una vida libre de las avaricias y el anonimato de la ciudad. Él se quedó en la escuela del pueblo y ella eligió la escuelita de un paraje ubicado a seis leguas de distancia. La conmovió saber que llevaba cuatro años cerrada por falta de maestros; la movilizó el desafío… y su tremenda humanidad. Fueron sus convicciones las que la hicieron permanecer sin pensar jamás en volver al confort de su Córdoba natal, aun cuando a los cinco años de estar en esas tierras su marido murió en un accidente automovilístico. A pesar de la insistencia de sus familiares y amigos para que retornara, María se quedó y se fue arraigando como un árbol a la tierra. Y sus convicciones se colorearon de utopías y éstas, al decir de Eduardo Galeano, le sirvieron para caminar y seguir caminando por años las áridas y despobladas tierras de la meseta patagónica.

En la primera entrevista, mientras tomo sus datos personales y casi como aportándome un dato de su identidad me dice: “soy católica y peronista, católica por tradición y peronista por convicción” y agrega: “pero peronista de Perón y Evita”, acaso queriendo diferenciarse de las políticas neoliberales que gobiernan e impregnan el aire en esos años. Su rostro arrugado y su piel reseca no coinciden con su edad cronológica. “Si se queda en éstas tierras se pondrá igual que yo”, comenta, tal vez adivinando en mi mirada el asombro disonante entre sus años y las huellas que el tiempo ha marcado en su cuerpo. Y continúa: “la piel se va curtiendo de frío, viento y salitre y se va arrugando; algo parecido le va pasando al alma”.

María llegó a la consulta conmigo derivada por la Junta Médica del Consejo Provincial de Educación. Llevaba un año de carpeta psiquiátrica asistiendo una vez al mes a un psiquiatra en la capital provincial, y estaba medicada con antidepresivos. La Junta le había renovado la carpeta por sesenta días y le solicitaba, además de los informes psiquiátricos, valoración psicológica sugiriéndole iniciar un tratamiento.

Me entrega la solicitud de la Junta, leo un diagnóstico: “trastorno depresivo, con componentes fóbicos y sintomatología psicosomática”. Luego de tratar casi un año a María y conocerla en profundidad pensé que si los diagnósticos fueran menos técnicos, menos fríos y más humanos yo escribiría, si tuviera que ponerle un nombre que definiera su malestar: “tristeza, impotencia y miedo por descuidos y olvidos”.

De sus 29 años de actividad docente María ejerció en forma casi ininterrumpida su labor durante 28 años, sólo alguna coyuntura como una leve afección en su estado de salud o los días de licencia por la muerte de su cónyuge interrumpieron su actividad. Y ahora llevaba doce meses sin trabajar.

Su semblante se transforma, su voz se entrecorta, tartamudea nerviosa y comienza a temblar cuando en las sesiones le menciono la posibilidad de volver a la escuela.

Nos remontamos en la terapia hacia los orígenes de su historia laboral. María me cuenta de “su” escuelita y el adjetivo posesivo singular que entrecomillo habla de su sentimiento de pertenencia por ese espacio el cual, tras permanecer cuatro años cerrado, ella fue refundando. La escuelita, distante a seis leguas del pueblo, era el único centro educativo de un paraje compuesto por unas 70 familias. “Cuando llegué eran más, cerca de 90 familias”, me cuenta. A la inversa de lo que ocurría en el resto de las poblaciones, en esos parajes perdidos se venía produciendo en las últimas décadas un notorio decrecimiento demográfico.

María me explica: “La falta de oportunidades hace que la gente migre, sobre todo los jóvenes que se van a buscar trabajo y ya no vuelven y nadie de los que andan buscando un lugar para vivir mejor elige lugares como ese para radicarse”. María me cuenta su rutina diaria de años para llegar a su trabajo, levantándose a las 5:30 para tomar el único colectivo diario que atravesaba la meseta desde la cordillera al mar y esperar hasta las 18:00 hs. el único colectivo que, en recorrido inverso, la devolvía a su casa. Con el tiempo pudo comprarse una estanciera rural, la misma que seguía usando. “A veces se me rompía en el trayecto y era cuestión de esperar horas a que alguien pase para darme una mano o avisarle al mecánico del pueblo. Estos caminos de ripio rompen todo, muchas veces he dejado la estanciera en el camino y me he subido a lo primero que pasaba para llegar al trabajo, he viajado en camiones, en el móvil policial y hasta a caballo. De algún modo había que llegar, los chicos esperaban y el día que no llegaba, no había escuela”. Seis leguas, es decir apenas treinta kilómetros, en éstas geografías es como cruzar a nado la mar.

Durante el tiempo que atendí a María, su trabajo ocupó un lugar central en las sesiones. Su trabajo y todo lo que se anexó a él, porque en él María fue asumiendo un compromiso que se transformó en un estilo de vida, trascendiendo su profesión de maestra, impregnando y atravesando otras áreas de su vida, involucrando prácticamente a todo su ser. María enseñando y aprendiendo. María enseñando oraciones y verbos, sumas y restas, fábulas y cuentos. María aprendiendo de esos niños y de sus padres y abuelos, saberes y costumbres originarias y ancestrales. María recopilando de los ancianos leyendas y creencias mapuches y repitiéndoselas a esos niños para que no olviden sus raíces. María ayudando a la cocinera (el único personal de la escuela, además de ella) y junto a sus treinta alumnos sirviendo la gran mesa en la pausa para el almuerzo, porque en lugares como esos la escuela alimenta el espíritu y el cuerpo. María sentada en la gran ronda con los niños y las abuelas en el patio de tierra de la escuela, las mujeres les enseñan a hilar la lana de oveja con la que tejerán en el telar ponchos y mantas. María asistiendo un parto o ayudando a la machi que con sus medicinas y rezos, está curando el dolor agudo en el vientre de la madre de Nahuel, su alumno de segundo grado. María en su estanciera por los caminos de ripio, llevando a toda prisa al pueblo a Hilda y a su bebe que vuela de fiebre y se ahoga al respirar, María en el Hospital con esa madre y su bebe muerto entre sus brazos. María compartiendo junto a ese pueblo, única huinca (blanca) invitada a celebrar el nguillatún, la rogativa mapuche. María mirando a los hombres cansados en el bar de ese paraje perdido, hombres jóvenes conquistados por el alcohol, gastando sus pocos pesos para olvidar las penas que genera el olvido. María cada mañana saludando a sus alumnos: “mari mari” (buen día) e izando su corazón de bandera argentina junto a la Wiphala, con su voz de Aurora, con sus manos blancas de tiza, con su bondad y alegría, en esa mixtura de culturas intentando hacerse patria, intentando integrarse entre las paradójicas contradicciones de sus símbolos. María semilla, brotando y regalando generosamente sus frutos, enseñando y aprendiendo, abrazando y acogiendo a un puñado de niños y a su gente, todos igual de olvidados en las tierras del olvido…

Pasaban los meses, María seguía asistiendo a tratamiento psicológico una vez por semana. La Junta Médica seguía renovando los tiempos de su carpeta médica, los plazos se cumplían, se extinguían y estaban evaluando jubilarla. Entonces le pregunté a María cómo se sentía, cómo se veía. Redundó en metáforas para contestar a mi pregunta: “Un cansancio en el alma. Una margarita deshojada. La hojarasca del otoño”. Cuando hablábamos de estas cosas no me miraba a los ojos, su mirada se volvía distante, como focalizada en la lejanía, acaso de tanto mirar la amplia e infinita planicie de la meseta donde el cielo y la tierra se juntan y aquel es tan inmenso que parece devorar el horizonte. Pienso… ¿cuántas imágenes de dolor y desamparo habrán captado esas retinas y cuánto de ese dolor y desamparo impactaron en su alma? Y pienso también… ¿quién contuvo los coletazos de ese dolor que caló su ser? María, fresca vertiente calmando tanta sed, ¿quién calmaba la tuya? María, sol radiante, ¿quién cuidó el brillo de tu luz proveedora? María olvidándose de sí misma en su entrega generosa y plena. María olvidada por todos los que deberían de algún modo responsabilizarse de cuidar a los que cuidan.

Mientras escribo esta historia y pienso en las condiciones en que María desarrolló su trabajo, no puedo dejar de asociarlo con la violencia. Creo que hay una violencia simbólica y silenciosa cuando las instituciones y las organizaciones dejan a sus trabajadores a merced de la desidia y el olvido, máxime cuando estas instituciones u organizaciones son estatales pensando en que el Estado no es una empresa y debe velar por sus ciudadanos, incluyendo a sus trabajadores. Y entonces no dejo de preguntarme donde estaba el Estado mientras María se volvía cada vez más vulnerable. Así como la violencia psicológica deja secuelas menos perceptibles a simple vista que la violencia física pero sus efectos son más profundos y permanentes, así también se van produciendo secuelas profundas en las personas cuando las condiciones laborales son adversas. Cualquier ser se vuelve vulnerable si su trabajo incluye desamparo, falta de cuidados, de apoyo, de contención y la impotencia que produce la exposición permanente a situaciones extremas como el hambre, la miseria y el sufrimiento humano. Siento que el involucramiento personal, la buena predisposición y los propios recursos para afrontar tanta adversidad no alcanzan, no son suficientes sin apoyo, sin sostén adecuado. Van haciendo surcos en lo anímico, en lo emocional, en la psiquis, dejando heridas profundas hasta transformar a ese trabajador o a esa trabajadora en un ser vulnerable, tan vulnerable como se volvió María.

No pude culminar el tratamiento psicológico con ella. Poco antes de cumplirse el año de su inicio las autoridades sanitarias decidieron mi traslado a otro hospital de la provincia. Si bien era para mí un reconocimiento y una significativa mejora en mis condiciones laborales, me fui de ese pueblo con sentimientos encontrados, sintiendo que así como la escuela de María estuvo cuatro años sin maestra, el hospital quedaría sin psicólogo que cubriera mi puesto. Así funcionan las cosas cuando predomina el olvido. Supe que al tiempo María fue jubilada por invalidez, sin reconocimientos ni honores por su trabajo humanitario y comprometido de casi tres décadas.

Han pasado 25 años de esta historia y hoy la recuerdo y escribo para presentar en un concurso. Y el concurso es una excusa. No me moviliza un premio; escribo por placer, pasión y expresión. Escribo por compromiso ético. Y el concurso es también un instrumento a través del cual deseo que esta historia llegue a muchos. Quizás cada vez que sea leída, se vaya recuperando y multiplicando la memoria de mujeres trabajadoras como María y como la de tantos otros trabajadores anónimos que en su profunda entrega y compromiso se van afectando física, psíquica y socialmente sin el apoyo y cuidados necesarios. Quizás recuperando estas historias podamos ir desterrando un poco el olvido.-

*Trabajador en Atención Primaria de la Salud (Mendiolaza)

El Jurado expresó:

Excelente relato del transcurrir de una maestra rural en el sur de Argentina, narrado por una tercera persona (la psicóloga de la docente). Las vivencias laborales, las “violencias simbólicas” que afectan su salud al punto tal de permanecer un largo período con carpeta psiquiátrica, tratamiento psicológico y culminar su carrera docente con una jubilación por invalidez y ningún tipo de “reconocimiento” a sus 28 años de trabajo sostenido, de la preservación de la memoria de ciudadanos al otro lado del río Colorado. Este relato recupera el trabajo silencioso y comprometido de una mujer que hizo docencia popular; en su labor cotidiana se sintetiza la labor comprometida de tantas otras ocultas, olvidadas.

Tercer Premio del 9º Concurso “Sin Presiones”

Título: “EL GRITO”

3er premio Ibarra

Por María Cecilia Ibarra *

Un choro me tiene agarrada como una tenaza del brazo izquierdo, y otro me tira con fuerza de la cartera que tengo colgada del hombro derecho… yo no se la doy y al mismo tiempo empiezo a gritar algo asì como: “¡¡¡Nononononononononooooooo!!! ¡¡¡AAyy AAAAAaaaaaayyyyyy!!!… Son las dos y media de la tarde, nudo vial del hombre urbano, tránsito enloquecido propio de la hora y gente caminando… no puedo creer que esté pasando, pero sí.

Grito y pataleo desaforadamente. Los hombres saltan el cerco conmigo también, llevada en andas por ellos. Y allá vamos, juntitos los tres. El barranco tiene una pendiente casi imposible de empinada hasta el río. Estamos bajando y trastabillando, ninguno de los dos me suelta y lo agradezco internamente porque es lo que único que me está impidiendo rodar de cabeza, “nos” está impidiendo rodar de cabeza.

Me sorprende mi astucia para gritar, no es un grito pelado interminable, sino alaridos cortos: “¡¡¡Aaaaaaaah!!!… ¡¡¡Aaaaaaaah!!!… ¡¡¡Aaaaaaaah!!!”… que me permiten respirar entre medio y no perder el aliento.

Sigo gritando, y no solo porque tengo miedo de quebrarme una pierna. También porque estoy cansada. Cansada de trabajar tanto y que mi sueldo sea una mierda, y que estos boludos se crean que me van a sacar algo, porque estamos a quince del mes y ya no tengo un peso. En el bolso solo quedan unas monedas para criollos, mi uniforme de enfermera, las llaves de mi casa y un celular choto… es ridículo y estoy furiosa… “¡¡¡UAAAAAAAAAAAaaahhhhh!!!”

Uno de ellos, el de la derecha, me dice con inesperada tranquilidad, casi con dulzura: “Soltá la cartera… soltá la cartera, mamá”. Al fin, ya al pie del barranco me sueltan y salen corriendo, me quedo con la tira deshilachada en la mano y todavía intento perseguirlos. A los tres pasos me doy cuenta de que es inútil, ya me llevan una cuadra, entonces me pongo a insultarlos con todos los peores epítetos imaginables y termino con la remanida cantinela de los que trabajamos en salud: “¡¡¡Ya van a caer por el Hospitaaaaaal!!!”

Cuando me doy vuelta veo a Noemí a mi lado con las manos en las mejillas y los ojos desorbitados, parece el famoso cuadro de Munch ahora devenido en emoji: “No pude hacer nada…Ceci perdoname, Ceci, perdoname… Jamás había visto algo así”. Obvio que le creo. Hace pocos meses que vino a trabajar a Córdoba desde San José de la Dormida, donde estoy casi segura que siguen dejando las puertas sin seguro. Pero, además, es flaquita y frágil, a menos que sea cinturón negro de varias artes marciales y no me lo haya comentado, no sé qué podría haber hecho.

La abrazo y la calmo con la certeza de que acabo de perder a mi compañera de las vueltas del trabajo caminando. “Si estamos ahí no más, vos en General Paz, yo en Juniors y de paso hacemos ejercicio”. La había terminado de convencer con el último aumento de boleto urbano.

Desde arriba nos llaman y hacen señas. Unos comedidos pararon un patrullero. Un remisero paró por su cuenta, porque vio gente.

Noemí me ayuda a escalar y cuando alcanzamos el nivel de la ruta tomo aire y les cuento a los policías lo que pasó. Describo a los choros, eran dos, de veintitantos, de pulóver uno y campera el otro, creo. Los dos de pelo corto.

Me hacen hablar un rato y después resulta que no pueden hacer nada, igual tendré que ir al precinto correspondiente a hacer la denuncia. Noemí me presta el teléfono y llamo a mi casa, mi marido me dice que me tranquilice, que él se encarga de llamar por las tarjetas… “Y al cerrajero”, le recuerdo yo… “¡Uh! sí, claro”.

El remisero se ofrece a llevarme aunque sabe que no tengo un peso. Eso también le cuento a mi marido. Cuando llegamos, Andrés nos está esperando en la puerta y le paga. Yo me meto al baño a ducharme.

La barranca del nudo vial estaba llena de cardillos y amor seco. Tengo espinados hasta los calzones. La calza de felpa no me importa, está vieja y estirada, la tiro y listo. Con el buzo me entra la duda, lo compré hace poco y me queda cómodo. Lo dejo a un costado para ver si después con paciencia y una pinza de depilar puedo hacer algo.

Cuando me acabo de duchar y ponerme una camiseta blanca y un jogging, suena el timbre.

Andrés me llama, dice que me busca la policía. Los agentes me muestran en un celular una foto de dos adolescentes con cara de susto, uno alto y flaquito, medio colorado, otro más chiquito, y me preguntan si los reconozco.

Les digo que no, que los míos eran adultos. Pregunto por qué los detuvieron. Me dicen que pasaban en moto, que les encontraron un dinero que no supieron cómo justificar.

Pido de nuevo ver la foto. Los canas me alcanzan el celular esperanzados, quizá logren un arresto y figurar con sus jefes. Yo miro las caras y pienso en sus madres. En su preocupación cuando no lleguen esta noche. Porque seguro los demoran 48 horas, ni les importa que sean menores. Y en lo que puedan hacerles mientras tanto. Les devuelvo el celular y les repito que no, que nunca los había visto en mi vida, que nada que ver.

Se van, medio resentidos conmigo.

Yo me quedo sentada, revolviendo el té que Andrés me puso enfrente y pensando en cómo fue que llegamos a este punto, a enfrentarnos así, pobres contra pobres.

No puedo dejar de pensar en los chicos de la foto. En poco tiempo mis mellizos tendrán su edad.

Siento como una lasitud en todo el cuerpo y la garganta me arde ahora que bajó la adrenalina. Mañana me va a doler todo y alguien me va a aconsejar que llame a la ART. Y lo haré, al fin y al cabo fue a la salida del trabajo.

La próxima vez que me asalten no me resisto. Ya aprendí eso. Y lo otro… ni hablo con la policía.

Quisiera gritar otra vez pero ya no me quedan fuerzas para eso…Quizás más tarde cuando Andrés y los chicos estén dormidos me encierre en el baño a llorar un rato.

*Enfermera Hospital Público Ciudad de Córdoba

El Jurado expresó:

“Grito de bronca, de impotencia, de la violencia instalada en los cuerpos, de las solidaridades humanas de lo deshumanizante. Excelente relato que muestra un sinnúmero de sensaciones que pasan por nuestros cuerpos y cabezas, dando cuenta de lo que somos en esta descarnada sociedad. Su principal mérito es contar la historia de violencia urbana con tensión y simpleza. La violencia como contexto del sufrimiento que estalla en la última frase. Y la reacción primaria de no rebelarse, de “dejarse llevar” para moderar el sufrimiento. “

Más información en http://www.islyma.org.ar/